Anatomía de la convivencia: el peso invisible de gestionar una Junta de Condominio
Carlos M Ruiz P
Podría
afirmarse sin temor a exagerar que una Junta de Condominio (JDC) opera como un
gobierno en miniatura, heredando de forma inevitable su misma carga simbólica:
el escrutinio implacable, la crítica constante y el descrédito sistemático. En
el imaginario colectivo, la figura directiva está diseñada para el reproche. Si
una gestión marcha con precisión, el silencio vecinal asume el acierto como un
mero cumplimiento del deber; basta un solo tropiezo, sin embargo, para que se
desate la censura generalizada.
Este
fenómeno sociológico cotidiano arranca desde su propia génesis. Las JDC emergen
de asambleas de propietarios frecuentemente vacías, donde la participación
convoca a una minoría constante. En el momento crítico de la votación, una gran
parte de los asistentes opta por la invisibilidad: las miradas se esquivan, los
cuerpos se retraen y se blande el pretexto recurrente del tiempo agotado por
las rutinas laborales. No obstante, esa misma ciudadanía pasiva suele transformarse
en una legión de críticos digitales a la
primera incidencia estructural, listos para fustigar cualquier acción u omisión
administrativa desde la comodidad de una pantalla.
Frente
al teclado, muchas veces desde el anonimato deshumaniza; pero detrás de una JDC
hay personas de carne y hueso que deciden sacrificar su tiempo libre y
bienestar personal en pro del equilibrio comunitario. Resulta legítimo
cuestionar el absurdo implícito en la desconfianza crónica: ¿concibe alguien
razonablemente que un vecino asuma estas funciones con el designio deliberado
de perjudicar al colectivo? Mientras la comunidad descansa, los directivos
asumen emergencias intempestivas —desde la avería nocturna de una bomba hídrica
hasta el rescate de personas atrapadas en los ascensores—.
La
administración de un espacio habitado como el nuestro no es una ciencia exacta,
sino un ejercicio dinámico expuesto al margen de error inherente a la vida
misma. Quienes integran estos comités alientan las mismas expectativas de
eficiencia que el resto de los copropietarios. Por ello, el servicio
comunitario residencial se transforma con frecuencia en una labor de profunda
ingratitud, donde el esfuerzo sostenido rara vez halla recompensa en el
reconocimiento, quedando condenado a la lapidación pública ante el primer
contratiempo.
Repensar
la convivencia urbana exige alterar esta dinámica disfuncional. El verdadero
progreso del modelo residencial radica en asumir las responsabilidades más
elementales —como la puntualidad en el pago de las cuotas de mantenimiento— y
transitar del ataque estéril a la propuesta constructiva. Es por eso y por
mucho más que la mayoría de los integrantes de una comunidad eluden embarcarse
en semejanza empresa que lo que le traerá son ingratitudes y desencuentros con buena
parte de sus vecinos. En una época de
tensiones y penurias, la empatía y la altura de miras siguen siendo los
cimientos más sólidos para sostener cualquier comunidad viable.
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